Acerca del Plan Rosso

 

“…Niegan que es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja a que un rico entre al reino de los cielos”

De un tiempo a esta parte, al interior de los grupos directivos de la universidad, se ha venido discutiendo una reformulación del modo en que la universidad seleccionaría sus nuevos integrantes. A la ya clásica selección por puntajes obtenidos en la PSU se le sumaría la realización de un ensayo junto con una entrevista personalizada que se aplicaría a cada uno de los postulantes a la universidad en búsqueda de los valores que debe contener la persona que quiera entrar a esta universidad. Los resultados obtenidos a partir de estas pruebas serán ponderados en forma importante con los puntajes de la PSU, “debe tener una ponderación importante. No puede ser equivalente a un 5% de la PSU, debe ser más”, en palabras del propio rector Rosso en entrevista dada al diario El Mercurio al momento de dar a conocer públicamente, por primera vez y sin que prácticamente nadie de la propia universidad estuviese enterado, este nuevo plan de admisión. Es decir, que finalmente la universidad católica, en vez de cumplir su rol como universidad tradicional en la búsqueda de reales soluciones al desigual sistema educacional chileno, busca sacar frutos de este, estableciendo pruebas anexas a la PSU, que debido a los parámetros que estas establecen, solo tenderían a una creciente elitización (¿?) de la universidad y una homogeneización valórica-ideológica del alumnado. ¿Por qué esto?, al parecer para esta universidad la educación ya dejó de ser un fin en si mismo y ha pasado a ser un mero medio para lo que si esta siendo cada vez más el fin mismo, la aparición en números cada vez menores de los ranking internacionales, en búsqueda de prestigio, sin importar el costo de ello.

Sin embargo la discusión en torno a este tema no es algo que nos deba sorprender mucho. En sí, el viejo sistema de ingreso como la misma configuración socio-económica al interior de la universidad, y el rol que ha cumplido ésta en la sociedad (caso paradigmático el de la Escuela de Economía, la cual creó, planificó e implantó el modelo económico que se impuso en dictadura), nos demuestra que la universidad es y será un instrumento de clase. Desde ésta universidad surgen los nuevos lideres empresariales, desde ésta universidad se abastecen las filas del partido “popular” (UDI), en esta universidad se creó y se crean los componentes ideológicos que afirman que el bien común se logra a través del enriquecimiento personal, desde ésta universidad se impone la lógica de pensar a tu compañero, a tu amigo, a tu vecino como un competidor más y que lo más probable sea quien te deje sin trabajo, y finalmente, es desde los ramos de economía, de teología y de antropología que se justifica el trabajo precario, la humildad y honorabilidad de ser pobre y la atomización social.

Pero más allá de la formación de una clase dirigencial que justifique la conveniencia de la desigualdad social, la universidad católica se ha empeñado en crear y moldear el modo en que cada uno de sus integrantes debe hacer vida universitaria. La censura y el control de los espacios de participación sólo reafirman el carácter clasista de la universidad.

A pesar de esto, en cierto sentido a la universidad se la ha hecho difícil masificar su discurso redentor (basta recordar los juicios a los que se ha sometido, por parte de la rectoría, a compañeros que afirmaban posiciones contrarias al pensamiento católico, o las típicas cámaras de seguridad, incluso al interior de la biblioteca). Esta permanente desconfianza hacia el estudiantado requiere nuevas formas de control, y que mejor que someter a todo aquel que quiera entrar a la universidad a un test que evalúe su creatividad, vocación de servicio, liderazgo, y emprendimiento. Pero este plan homogenizador no abarca tan sólo a los estudiantes. Como una necesidad de reforzar el pensamiento único y la falta de debate, a futuro también se piensa implementar esta evaluación a los profesores, previniendo de este modo la contaminación de un posible profesor trasnochado.

Este nuevo sistema de ingreso va más allá de una elitización económica de la funcionalidad social de la universidad. Lo que se quiere implantar es una formación ideológica unidimensional que potencie el adiestramiento y disciplinamiento de los más pobres. Lo importante no es reforzar a las clases más acomodadas, sino que masificar un discurso que asegure la paz social, pese a los inmorales niveles de desigualdad.

Pero esta genial idea para terminar con cualquier tipo de disidencia se viene aplicando en un marco más amplio hace más de dos décadas. De hecho, con el ingreso de los privados al rentable negocio de la educación durante la dictadura, se ha masificado la moral más conservadora del catolicismo. Tendencias como el Opus Dei y los Legionarios de Cristo poseen varios colegios ubicados en los sectores más marginales del país. Con ello buscan imponer una moral conservadora y santificadora de la riqueza. No basta con reafirmar su poder de clases. (Colegios como el Cumbres y el Everest cobran más de 2 millones por inscripción¡¡¡) ahora es necesario construir un futuro capital político que no amenace la desigualdad sobre el cual reposan sus beneficios. Con la plata se necesita hacer algo, y que mejor que invertir en educación. Y la universidad con su propuesta de selección se esta haciendo parte de ésta tendencia.

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